Recordamos el 11 de septiembre
Un lamento por lo que se ha perdido y una esperanza por lo que aún puede ser
El 11 de septiembre hacemos una recordación.
Recordamos las vidas que se perdieron en un instante, a las familias cuyas vidas cambiaron para siempre, a los equipos de primera intervención que corrieron hacia el peligro y a las comunidades cuyo sufrimiento se prolongó mucho más allá de los días y las semanas posteriores. Recordamos el miedo y la confusión de aquella mañana, la manera en que las personas prójimas se tendieron la mano mutuamente y la profunda sensación de que el mundo se había estremecido bajo nuestros pies.
Y por eso hacemos lamento.
El lamento no es simplemente tristeza. En el lenguaje de nuestra fe, el lamento es el valor de presentar ante Dios nuestro sufrimiento, nuestra ira, nuestra confusión y nuestras preguntas sin respuesta. Los Salmos nos enseñan que el pueblo de Dios no tiene por qué ocultar su dolor ni resignarse a lo que está quebrantado. Clamamos porque creemos que Dios oye el clamor de las personas heridas.
Hoy recordamos con dolor a las casi 3000 personas que perdieron la vida el 11 de septiembre de 2001: los trabajadores de oficina que comenzaron una mañana ordinaria y nunca regresaron a casa, las personas viajeras y las tripulaciones a bordo de los cuatro aviones, las personas bomberas, las personas policías, el personal médico de urgencias y los equipos de primera intervención que corrieron hacia el peligro mientras otros huían. Lamentamos lo ocurrido a las personas transeúntes, a las trabajadoras de la construcción, a las personas voluntarias y a las personas desconocidas que se apresuraron a prestar ayuda, a buscar supervivientes, a consolar a las personas asustadas y a trasladar a las personas heridas.
Lamentamos la suerte de las familias que esperaron llamadas que nunca llegaron, de los niños que se criaron sin padres y de las comunidades cuyo sufrimiento persiste 25 años después. Expresamos nuestro pesar por las personas que pasaron días, semanas y meses entre los escombros y el polvo tóxico de la Zona Cero y de otros lugares, así como por quienes, desde entonces, han padecido cánceres, enfermedades respiratorias y otras dolencias crónicas como consecuencia de su exposición.
Lamentamos la pérdida de vidas en las guerras posteriores, el sinnúmero de personas civiles asesinadas, heridas, desplazadas o sumidas en el luto en Afganistán, Irak y otros lugares, así como la niñez cuya vida se vio marcada por la violencia y la guerra. Lamentamos la pérdida de las personas de la milicia que han fallecido o han sufrido heridas, así como la situación de las personas veteranas y sus familias, que siguen padeciendo las secuelas físicas, psicológicas y morales de la guerra, junto con las personas periodistas y las personas que realizan trabajo humanitario.
Y confesamos lo siguiente:
En los años posteriores al 11 de septiembre, nuestra nación adoptó una orientación que, con demasiada frecuencia, anteponía nuestra propia seguridad, nuestro propio miedo y nuestros propios intereses a las vidas y la dignidad de las demás personas. Reconocemos que, con demasiada frecuencia, hemos medido el valor de las vidas humanas en función de si se consideraban las nuestras o las suyas. Reconocemos cómo el miedo ha marcado nuestras políticas públicas y ha limitado nuestra visión de lo que era posible.
Reconocemos que, en nombre de la seguridad, nuestra nación adoptó políticas y prácticas que causaron sufrimiento mucho más allá de nuestras fronteras. El miedo y la desconfianza se arraigaron entre nosotros, provocando el odio por la gente musulmana, la gente sij, la gente árabe y la gente del sur de Asia; y dio lugar a que la violencia y el sufrimiento endurecieran nuestros corazones y dividieran nuestra humanidad común.
Confesamos nuestra participación (ya sea mediante el silencio, la conformidad o la resistencia insuficiente) en una cultura pública que, con demasiada frecuencia, consideraba la guerra inevitable, la desconfianza sabiduría y la militarización la respuesta principal a la inseguridad.
No hacemos esta confesión para restar importancia al horror del 11 de septiembre ni para justificar a quienes cometieron actos terroristas. Las malas acciones de otra persona no hacen que las nuestras sean menos malas. Más bien, nos confesamos porque nuestra fe nos llama a examinarnos a nosotros mismos con sinceridad. Jesús nos enseña a sacar la viga de nuestro propio ojo antes de buscar la paja en el ojo ajeno. Los profetas nos recuerdan que Dios desea justicia y misericordia para toda la humanidad, y no que mantengamos nuestro propio poder.
Veinticinco años después, el mundo ha vuelto a cambiar.
Las premisas que determinaron nuestra respuesta al 11 de septiembre ya no reflejan el mundo en el que vivimos. Han surgido nuevos conflictos. Los conflictos antiguas se han recrudecido. El autoritarismo y el nacionalismo han cobrado fuerza. Los desplazamientos y la migración han alcanzado proporciones históricas. La violencia se vive cada vez más, no solo más allá de las fronteras, sino también dentro de nuestras propias comunidades. La crisis climática ha alterado las condiciones de la vida misma. Además, las tecnologías, las economías y las formas de guerra han cambiado de una manera que no podríamos haber imaginado en el 2001.
La tentación, una vez más, es responder a un mundo en constante cambio centrándonos en nosotros mismos: proteger lo que es nuestro, trazar límites cada vez más estrictos entre nos y ellos, y creer que la seguridad solo puede alcanzarse mediante el poder.
Como personas de fe, estamos llamados a seguir otro camino.
Recordamos el 11 de septiembre, pero no para que el miedo tenga la última palabra, sino para que el recuerdo se convierta en sabiduría. No hacemos lamentación porque hayamos perdido la esperanza, sino porque creemos que a Dios le importa el sufrimiento del mundo. No nos confesamos para condenarnos a nosotros mismos, sino para volvernos, una y otra vez, hacia la justicia, la misericordia y la reconciliación a las que Cristo nos llama.
Por ello, renovamos nuestro compromiso con un testimonio público que reconoce la imagen de Dios en cada ser humano. Buscamos una visión de la seguridad que se base no solo en la fuerza militar, sino también en el desarrollo humano: la paz, la diplomacia, la justicia económica, el cuidado de la creación, la acogida de las personas desplazadas y la protección de la dignidad humana.
Que nuestro recuerdo del 11 de septiembre sea algo más que un simple recuerdo.
Que esto se convierta en arrepentimiento.
Que el arrepentimiento se convierta en transformación.
Y que la transformación se convierta en un testimonio de la paz de Cristo en un mundo que aún la anhela.
Para más información:
- La Confesión de 1967
- Política de la Asamblea General de 2004 por la que se condenan los atentados terroristas y los ataques deliberados contra civiles
- 222ª Asamblea General (2016): llamamiento a poner en práctica con valentía aquello que contribuye a la paz
- 225ª Asamblea General (2022) sobre el poder a través de la conquista
La Rvda. Jihyun Oh es la secretaria permanente de la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.) y directora ejecutiva de Vida y Testimonio Presbiteriano. La Oficina Presbiteriana de Testimonio Público es la oficina de información y defensoría de políticas públicas de la Asamblea General.
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