Declaración sobre la retransmisión en directo prevista de una ejecución
Como personas seguidoras del Cristo resucitado, se nos ha llamado a dar testimonio de un camino diferente
Hay momentos en los que el silencio corre el riesgo de convertirse en aceptación, y en los que la Iglesia está llamada a pronunciarse con claridad moral. Creemos que este es uno de esos momentos. Como liderazgos de la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.), nos sentimos en la obligación de alzar la voz porque el hecho de quitar una vida humana como espectáculo público, tanto en el pasado como en la actualidad, es una atrocidad de la que estamos llamados a arrepentirnos y que estamos llamados a ayudar a reparar. Expresamos nuestro profundo dolor, nuestra indignación moral y nuestra gran preocupación por el plan de retransmitir en directo la ejecución de la persona responsable de los horribles asesinatos de Fort Hood.
Recordamos a quienes perdieron la vida, a las familias cuyo dolor persiste y a los supervivientes que tienen heridas que ni siquiera el paso del tiempo puede borrar por completo. Su sufrimiento merece nuestra compasión, nuestras oraciones y nuestro compromiso inquebrantable con la justicia y la sanación.
Desde 1959, las Asambleas Generales de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.) y nuestras denominaciones predecesoras se han opuesto a la pena de muerte. Esta postura se basa en nuestra convicción de que toda vida humana lleva la imagen de Dios, de que el mandamiento de Dios de no matar sigue siendo válido, de que la llamada de Cristo a ir más allá del “ojo por ojo” sigue formando parte de nuestra vocación y de que nunca se debe confundir la justicia con la venganza. Convertir una ejecución en un espectáculo público menoscaba aún más la dignidad de la vida humana, y corre el riesgo de agravar las heridas de una nación que ya está sufriendo.
Las Asambleas Generales de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.) también han reafirmado fielmente su compromiso con la labor de paz y la no violencia en la iglesia y en el mundo, incluida la afirmación de que la labor de paz es esencial para nuestra fe en la obra reconciliadora de Dios en Jesucristo, que la iglesia da testimonio de Cristo cuando fomentamos la vida moral de la nación en aras de la paz, y que nuestra vocación consiste en practicar, en todos los aspectos de la vida y del testimonio, aquellas cosas que contribuyen a la paz.
Creemos que nuestro país necesita urgentemente la sanación, y no otra oportunidad para normalizar la violencia. La verdadera justicia honra a las víctimas y defiende la dignidad humana.
Hacemos un llamamiento a las membresías de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.) y a todas las personas con conciencia para que se pongan en contacto con sus representantes en el Congreso y les insten a pronunciarse en contra de la retransmisión pública de las ejecuciones. Sean cuales sean nuestras diferencias, debemos preguntarnos qué tipo de nación somos cuando el hecho de quitarle la vida a una persona se convierte en un espectáculo público. Nuestros liderazgos electos deben saber que la justicia debe regirse por la dignidad humana, y no por el deseo de venganza, y que nuestra nación necesita sanación, en lugar de una mayor insensibilización ante la violencia.
A la iglesia brindamos estas palabras de esperanza: la muerte y la violencia no tienen la última palabra. Como personas seguidoras de Cristo resucitado, estamos llamadas a dar testimonio de un camino diferente: un camino de compasión, amor valiente y sanación. Ojalá seamos instrumentos de la paz de Dios en una nación que anhela recuperarse.
La Rvda. Jihyun Oh es la secretaria permanente de la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.) y directora ejecutiva de Vida y Testimonio Presbiteriano. La reverenda Marta Pumroy-Cordero y el reverendo Dr. Kris Schondelmeyer son las personas comoderadoras de la 227.ª Asamblea General (2026).
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